Ayer, mi hija de quince años, atenta a
los aconteceres del mundo, me preguntó con voz conmovida “ ¿ papá, Suecia puede
transformarse en una dictadura fascista ?”.
La preocupación adolescente, que resumía
en la interrogante el clima que sobrevuela no sólo Suecia (país en que vivimos)
sino toda Europa, enunciaba la sospecha de una realidad factible que el mundo
adulto –una vez más- prefiere disimular subvalorando la gravedad que el
fenómeno fascista viene desarrollando. La pregunta de mi hija derivaba de la circunstancia
política actual del país que ha conducido al tercer puesto de la preferencia
popular al partido Sverige Demokrater
(SD) de ideología netamente fascista, que continúa en ascenso desde que se
instaló en el Parlamento en el 2010.
Es notorio y alarmante que el huevo de la
serpiente viene incubándose, con mayor o menor vehemencia, en toda Europa. No
obstante, podía resultar difícil imaginar que en la imagen edulcorada de Suecia
que rueda por el mundo, como ejemplo aparente de bienestar y democracia, ese
engendro también pudiera tener lugar en su seno. Sin embargo, sólo una visión
muy ingenua supondría esa excepcionalidad. La idílica Suecia también ha ido
procesando con lealtad a ultranza todos los códigos dictados por el atroz neoliberalismo que, a su paso, fue
trastocando y corrompiendo no sólo las economías, sino aún más, los valores
humanos que construyen los fundamentos de libertad, justicia, solidaridad,
empatía, de la sociedad. Tal descomposición, no ha hecho otra cosa que generar
el caldo de cultivo propicio para que las miasmas del fascismo vuelvan a
renovar su fetidez. A pesar de esta evidencia, manifestada cada día con creciente vigor, la mirada
indiferente de la sociedad sigue amparando, bajo el paraguas protector de los
derechos de la democracia a la libre expresión, la evolución de un proceso que
la historia ya conoce pero que la memoria colectiva parece olvidar. Hasta qué
punto la democracia puede extender los límites de aceptación de las
manifestaciones que atenten contra su propia existencia, resultaría una
pregunta elemental que los defensores de la tolerancia ilimitada podrían
plantearse en el intento de una reacción dinámica y racional. Pero, como
siguiendo un destino manifiesto, la opción parece ser la de resignar el combate
activo y permanente contra la reiteración de la barbarie.
El nazifascismo hitleriano, en su
ultranacionalismo acérrimo, con el propósito de salvar de la ruina y la decadencia
a la nación, señaló la necesidad de extirpar el cáncer que la consumía y la identificación del mal apuntó
fundamentalmente a los judíos, también a gitanos y extranjeros. El Holocausto
devino entonces como solución, en el
marco de una sociedad enferma de irracionalidad. Hoy, algunas décadas después, la
Historia no se repite pero se imita y la
debilidad de las desacreditadas democracias liberales, así como la mirada
indiferente de la sociedad, han facilitado el ingreso triunfal a la arena
política de los nuevos demagogos que ofrecen nuevos chivos expiatorios
(musulmanes, africanos, extranjeros en general), mientras los poderes
financieros siguen impunes manipulando a su antojo toda fuerza que los
beneficie. No es casualidad que los grandes intereses económicos hayan estado
en estrecha connivencia con el totalitarismo hitleriano y hoy, en la
exacerbación extrema del capitalismo salvaje, el fascismo vuelva por sus fueros
e interrelacionándose con el capital, se adapte a la nueva realidad renovando las viejas fórmulas que otrora lo
sustentaran.
Cuando mi hija me exigió ahora una
respuesta, sólo tuve la pobre alternativa de decirle, sin demasiado
convencimiento, “esperemos que no, que
la razón impida la continuidad de este camino”, Al hacerlo, pensaba que dicha
esperanza no puede, obviamente, sustentarse
en la pasividad de un voluntarismo ingenuo, sino nutriéndose de una constante y dinámica actitud de compromiso y acción , de
concientización de la realidad y de aporte permanente –en la medida de las
diferentes capacidades- a la neutralización de ese engendro que extiende sus
tentáculos mientras se mira para el costado y, no pocas veces en forma burda y sin análisis hasta se
justifica, bajo la seducción del mismo engañoso discurso que condujo al mundo a
la catástrofe hace no demasiados años.
Federico
Ferrando.-

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