16 de noviembre de 2013

LA SERPIENTE Y LA DEMOCRACIA




Ayer, mi hija de quince años, atenta a los aconteceres del mundo, me preguntó con voz conmovida “ ¿ papá, Suecia puede transformarse en una dictadura fascista ?”.
La preocupación adolescente, que resumía en la interrogante el clima que sobrevuela no sólo Suecia (país en que vivimos) sino toda Europa, enunciaba la sospecha de una realidad factible que el mundo adulto –una vez más- prefiere disimular subvalorando la gravedad que el fenómeno fascista viene desarrollando. La pregunta de mi hija derivaba de la circunstancia política actual del país que ha conducido al tercer puesto de la preferencia popular al partido  Sverige Demokrater (SD) de ideología netamente fascista, que continúa en ascenso desde que se instaló en el Parlamento en el 2010.
Es notorio y alarmante que el huevo de la serpiente viene incubándose, con mayor o menor vehemencia, en toda Europa. No obstante, podía resultar difícil imaginar que en la imagen edulcorada de Suecia que rueda por el mundo, como ejemplo aparente de bienestar y democracia, ese engendro también pudiera tener lugar en su seno. Sin embargo, sólo una visión muy ingenua supondría esa excepcionalidad. La idílica Suecia también ha ido procesando con lealtad a ultranza todos los códigos dictados por el  atroz neoliberalismo que, a su paso, fue trastocando y corrompiendo no sólo las economías, sino aún más, los valores humanos que construyen los fundamentos de libertad, justicia, solidaridad, empatía, de la sociedad. Tal descomposición, no ha hecho otra cosa que generar el caldo de cultivo propicio para que las miasmas del fascismo vuelvan a renovar su fetidez. A pesar de esta evidencia, manifestada  cada día con creciente vigor, la mirada indiferente de la sociedad sigue amparando, bajo el paraguas protector de los derechos de la democracia a la libre expresión, la evolución de un proceso que la historia ya conoce pero que la memoria colectiva parece olvidar. Hasta qué punto la democracia puede extender los límites de aceptación de las manifestaciones que atenten contra su propia existencia, resultaría una pregunta elemental que los defensores de la tolerancia ilimitada podrían plantearse en el intento de una reacción dinámica y racional. Pero, como siguiendo un destino manifiesto, la opción parece ser la de resignar el combate activo y permanente contra la reiteración de la barbarie.
El nazifascismo hitleriano, en su ultranacionalismo acérrimo, con el propósito de salvar de la ruina y la decadencia a la nación, señaló la necesidad de extirpar el cáncer que la consumía y  la identificación del mal apuntó fundamentalmente a los judíos, también a gitanos y extranjeros. El Holocausto devino entonces como  solución, en el marco de una sociedad enferma de irracionalidad. Hoy, algunas décadas después, la Historia no se repite  pero se imita y la debilidad de las desacreditadas democracias liberales, así como la mirada indiferente de la sociedad, han facilitado el ingreso triunfal a la arena política de los nuevos demagogos que ofrecen nuevos chivos expiatorios (musulmanes, africanos, extranjeros en general), mientras los poderes financieros siguen impunes manipulando a su antojo toda fuerza que los beneficie. No es casualidad que los grandes intereses económicos hayan estado en estrecha connivencia con el totalitarismo hitleriano y hoy, en la exacerbación extrema del capitalismo salvaje, el fascismo vuelva por sus fueros e interrelacionándose con el capital, se adapte a la nueva realidad  renovando las viejas fórmulas que otrora lo sustentaran.
Cuando mi hija me exigió ahora una respuesta, sólo tuve la pobre alternativa de decirle, sin demasiado convencimiento, “esperemos que no,  que la razón impida la continuidad de este camino”, Al hacerlo, pensaba que dicha esperanza no puede, obviamente, sustentarse  en la pasividad de un voluntarismo ingenuo, sino  nutriéndose de una constante y dinámica  actitud de compromiso y acción , de concientización de la realidad y de aporte permanente –en la medida de las diferentes capacidades- a la neutralización de ese engendro que extiende sus tentáculos mientras se mira para el costado y, no pocas  veces en forma burda y sin análisis hasta se justifica, bajo la seducción del mismo engañoso discurso que condujo al mundo a la catástrofe hace no demasiados años. 

Federico Ferrando.-




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