...en un país de sombras largas, éstas pueden mostrarse muy largas y oscuras aunque allí, de ello poco se hable. Sí, por el contrario, mucho de democracia, igualdad y terrorismo. Es lo que resulta "políticamente correcto" en el intento por inhibir aquellas sombras que, no obstante, subsisten empecinadamente.
En este mes de febrero que fenece, abrieron los ojos al mundo en el mismo día, bajo el mismo cielo y las mismas leyes (?), dos niñas en el reino de Suecia. Sandra y Estella, son los nombres que eligieron para ellas. Ninguna puede aún elegir algo y -por diferentes razones- será poco probable que algún día puedan hacerlo.
Sandra, hija de Sabina Quliyiva y Salam Mohamed Ali; Estella, hija de Victoria y Daniel Westling, nacieron sin problemas y robustas. Estas son las únicas condiciones que las igualan. Sin embargo, para celebrar el advenimiento de una de ellas, trepidaron 42 veces las salvas de cañón en los aires de Estocolmo, ministros y cortesanos se agitaron y repartieron sonrisas, alabanzas y deseos de felicidad, la catedral se inundó de palabras bíblicas de protección, felicidad y esperanza para la recién llegada, conferencias de prensa congregaron decenas de cámaras y periodistas, ríos de tinta corrieron y lo siguen haciendo en adelante para comentar los detalles más banales e insignificantes de esa vida que ha comenzado a ser tema de atención interminable. Cuál de las dos bebas habrá merecido tanta atención ? Adivinen !
Sí, obviamente la agraciada fue la princesa Estella, nueva heredera al trono de Suecia, porque Sandra, desprovista de derechos elementales, tiene en cambio sobre su cabeza no la corona que probablemente lucirá aquella algún día, sino la sentencia de expulsión de Suecia hacia destino aún no determinado.
Mientras Victoria y Daniel, la pareja heredera al trono, disfrutan juntos la alegría del retoño recién nacido y lo hacen público a todos los vientos, en el mismo país, bajo la misma bandera, la pequeña Sandra y su madre reciben la orden de expulsión a Azerbajdzjan mientras Salam sufrirá lo propio hacia Irán. Así de simple, cada uno hacia un país diferente de donde habían huido y donde sus vidas ahora, por distintas razones, corren peligro.
Las injusticias no tienen banderas. Ellas tienen la capacidad de albergarse dentro y fuera de cualquier frontera. Allí donde el poder establece privilegios estará presente. Allí donde los privilegios generan insensibilidad se mostrará en todo su esplendor. Esto es hartamente sabido. Sin embargo duele y mucho la constatación palpable de esa realidad en un país como Suecia que se precia de ser ejemplo de democracia e igualdad, no obstante lo cual aún sostiene a la ridícula y absurda permanencia de una monarquía mantenida por un pueblo que hoy observa inerme los desiguales destinos de dos niñas nacidas el mismo día sobre el mismo suelo.