18 de mayo de 2014

EL ÁRBOL QUE OCULTA EL BOSQUE
o  La cobardía que nos embarga.


No es novedosa, obviamente, esta  propuesta de poner una vez más sobre el tapete la medianía de la uruguayez,. No obstante, frente a los hechos que reiteran un comportamiento social que la pone porfiadamente en evidencia, resulta inevitable volver sobre el tema. No porque crea que se enmiende así como así una substancia de tan profunda inserción, pero sí en la esperanza de que insistiendo en mirarnos al espejo, quizás un día intentemos empezar a pensar en la necesidad de un “lifting” para ese ajado rostro con que nos vamos a topar. Esa característica que llevamos, como marca de fábrica, y de la que resulta tan difícil desprenderse, corregirla, superarla, transformarla en una alternativa que impulse el salto, la ruptura, la elusión del canon, no digamos siquiera la transgresión, resulta ser un signo identitario que, como una piel inseparable, nos resguarda, nos cubre, nos “protege” de toda incursión cuestionadora del anodino equilibrio que nos extremamos por mantener entre la quietud mediocre de la indiferencia y el conservadurismo cómodo de los pusilánimes. Esa tendencia dominante, que recorre de arriba abajo y de izquierda a derecha todos los estamentos de nuestra sociedad y que se niega empecinadamente a evadir los moldes habituales a que se sujeta, que teme siempre trascender nuevos espacios en cualquier orden que sea, se expresa obstinadamente en los más variados escenarios.

Montevideo acaba de ser testigo de un hecho renovador o, mejor dicho, del puntapié inicial de un proyecto renovador. Me refiero al derrumbe del Cilindro Municipal, una ruina inútil que se mantenía a medias en pie sin objeto alguno y cuya desaparición brindará espacio a un emprendimiento de mayúsculas proporciones. En un futuro próximo allí se construirá el Antel Arena que brindará no solamente nueva vida a la zona en un montón de aspectos, sino que habilitará, en un marco de tecnificación y arquitectura modernas,  una constante actividad deportiva y cultural a niveles de los que se carece actualmente. Se debe agregar a ello el provecho económico que Antel podrá extraer de allí para implementar proyectos de beneficio general para la población. Sin embargo, aunque este panorama resulte esperanzador y estimulante, la mediocridad conservadora y ciega a lo nuevo, a lo distinto, a la renovación de lo que sea, no se hizo esperar con su lloradera nostalgiosa y la crítica banal frente a un proyecto que tuvo la audacia de romper la medianía que  embarga a la aldea. No faltaron los comentarios en Facebook y en la prensa lamentando la pérdida de aquella reliquia que acompañó tantos años el paisaje, el costo de la implosión que lo hizo desaparecer o el dolor de la añoranza de tantas cosas vividas en aquel recinto (¿incluidas las detenciones de trabajadores y activistas en la época gris de nuestra historia reciente?).

Lo lamentable es que esa letanía ultraconservadora que envuelve al uruguayo en cada circunstancia en la que se enfrenta a un posible cambio renovador, se extiende a todos los campos de la actividad social, aún en aquellos en que se pone en juego el porvenir de la propia sociedad. Observemos si no sucede así en el terreno de la política. En un país cuya mentalidad  fue  estructurada y condicionada, durante décadas y décadas, por los moldes impuestos por los dos partidos tradicionales que marcaron el paso de nuestra historia, la capacidad de elección de un camino alternativo quedó anulada durante años por una rutina cómoda y sin imaginación. Debieron suceder instancias tremendamente duras en el transcurso  de los últimos tiempos, incluida la triste dictadura, para que una parte del pueblo, afortunadamente mayoritaria, se jugara por imponer una nueva perspectiva llevando al Frente Amplio al gobierno. No obstante la necesidad imprescindible de ese cambio, debieron transcurrir más de treinta años, desde la creación de aquel Movimiento como propuesta renovadora, para que ese paso tuviera lugar. Los temores tras los que se abroquela esa naturaleza conservadora del uruguayo medio, fueron finalmente superados en esa instancia crucial que cambió el panorama de la política uruguaya. Sin embargo, siempre surge una nueva oportunidad para el rebrote  de aquella faceta restrictiva que el uruguayo arrastra como una rémora inevitable.

Con el triunfo del FA en la primera oportunidad que alcanzó el gobierno, una figura, el Dr. Tabaré Vázquez, quien supo conquistar el apoyo popular, no sólo obtuvo la presidencia del país, sino que su habilidad en el manejo de la cosa pública derivó en la construcción de una figura de corte diferente en el contexto político, que lo alzó a la categoría de líder en la opinión pública. Durante su gestión mostró entonces, concienzudamente, de lo que era capaz. Sin dudas hubo logros en su gestión, pero también renunciamientos, olvidos o desviaciones, como quiera llamársele, que no estaban programadas en el proyecto para el que fue elegido. Lo cierto es que aquel perfil de izquierda que nos mostró y en el que la gente depositó su confianza se aguó severamente dejando un sabor amargo de frustración que sigue presente ante la inminencia de una nueva elección. Han transcurrido años desde entonces, el FA continúa en el gobierno, el Dr. Vázquez apareciendo y desapareciendo en la palestra cuando lo considera oportuno para dosificar expectativas, efectuando marchas y contramarchas, como le es habitual, como estrategia que lo resguarda de desgastes que empobrecerían su imagen, ha logrado mantener su nombre en alto dentro de un importante sector del electorado.

Los intereses de la burocracia partidaria levantan su liderazgo contra viento y marea y han “naturalizado” su condición de candidato ineludible del FA para las próximas elecciones. La construcción se ha hecho hábito y nos han acostumbrado a su figura inculcándonos de cierta manera aquello de que ”más vale malo conocido que bueno por conocer”. No importan los desméritos anotados en una gestión que olvidó principios fundamentales de un programa frenteamplista que promulgaba, entre otros valores, desde el respeto y enaltecimiento de la soberanía nacional  a un cambio sustancial que propendiera a establecer esa igualdad social tan proclamada, al punto tal de  que “haría  temblar hasta las raíces de los árboles”. A una sociedad que, aún sueñe con las utopías, se supone que le cabría cuestionarse la vigencia de este liderazgo. Para ello sólo debería observar las concesiones brindadas al capital internacional sin que, con ello, la situación de los desheredados de siempre haya superado su rutina; mejor aún si además ha visto como, ese “líder natural”, supo desmontar las grandes ideas que caracterizaban al FA aplicando una política de amortiguación y pragmatismo para ejercer el poder como acto único, olvidando que ese poder debe estar distribuido socialmente. Por otra parte, cómo olvidarlo, la aplicación de  una política económica de neto corte neoliberal, objeto permanente de la crítica acérrima de la izquierda, que logró acunarse en el gobierno de Vázquez con total complacencia, no puede tampoco pasar desapercibida.

Cuesta imaginar que aquella flexibilización en el plano ideológico, cometida por Vázquez en su gobierno, no sea tenida en cuenta por un electorado pensante.  Se hace difícil creer en la indiferencia popular ante su alejamiento de las tendencias antiimperialistas del FA, ya que para él el imperialismo “ahora es diferente” y, además según él, habría que rever y relativizar los conceptos de izquierda y derecha, como lo declarara hace poco tiempo. Sin embargo, el Dr. Vázquez, supo imponer su autoritarismo y con él suprimió la participación popular para evitar divergencias. De esa manera, fue tácitamente aceptado el incumplimiento de los postulados que justificaron su ascensión al  poder, por falta de intercambio, de debate, de cuestionamiento. Tal escenario condujo, sin ambages, al caudillismo que hoy parece haberse entronizado nuevamente en la mentalidad uruguaya. Y,
así estamos, nuevamente, ante una instancia de afirmación cómoda, a punto de continuar una nueva rutina eludiendo todo cuestionamiento, aunque haya tanto para cuestionar. Otra actitud, sería aquella que, consciente, audaz, impugnadora, se plantara en la defensa de un camino, una actitud que recupere el valor y la práctica de postulados que hacen a la ideología. Ejercicio éste del que Vázquez se ha ido alejando en cada opción política asumida.

Afortunadamente, hoy ha aparecido una voz que trae de nuevo vientos de izquierda dentro del FA, ha surgido con ella una fuerza renovadora que reclama, dentro de la coalición, rescatar la identidad perdida, remover el funcionamiento anquilosado y brindar nueva esperanza a quienes han perdido la confianza y experimentan el desasosiego de la duda. Por añadidura, la condición de mujer de la senadora Constanza Moreira, le otorga a su aparición un factor de rompimiento con la vetusta norma de dirección patriarcal, y se suma a una visión fresca y activa de militancia, que ella inspira y que había sido relegada a un plano inferior por una gerontocracia que no se resigna a dejar paso a la renovación generacional. Esa presencia, que aparece como una alternativa positiva y renovadora, que estimula la imaginación de una perspectiva desafiante, sustentada en un proyecto de país soberano y pensado para adentro, la tenemos ahora al alcance de la mano. Allí está, en la brega, frente a nuestra consciencia y audacia, para proponerla, para apoyarla, en el intento de quebrar el molde en el que, nuevamente, nos quieren embretar. ¿Hasta donde llegará la resistencia consuetudinaria a los cambios que corre en la sangre “charrúa”, tan licuada a la hora de salir de la medianía y lanzarse a la osadía de pensar más allá del día a día ? De esa respuesta en la que será mucho lo que se pondrá en juego, dependerá el futuro del país.


Federico Ferrando Ferreira .-

10 de diciembre de 2013



QUE SERIA DE LA VIDA SI NO TUVIÉRAMOS
EL VALOR DE INTENTAR ALGO NUEVO?
                                                      Vincent van Gogh

Ante aquella interrogativa reflexión de Van Gogh que lleva implícito el desafío de estimular constantemente a la vida, me pregunto –tomando aquel reto como ineludible- si entre las múltiples opciones posibles, la de intentar cada día asumir una postura consciente de nuestra responsabilidad, no sería ese un acto de valor impulsor en estos tiempos tan aptos para el pesimismo y las negaciones ?
Responsabilidad frente a qué nos preguntaremos.
Entonces cabe sólo tomar consciencia del paisaje que nos rodea, a pequeña o gran escala, y reconoceremos la necesidad apremiante de una respuesta que sitúe el deber moral de respeto a uno mismo y a la humanidad, como  responsabilidad o compromiso fundamental.
El debilitamiento de la dignidad y la libertad manifestados como una constante en el juego de las relaciones sociales, está evidenciando la carencia de aquel deber natural y , a un tiempo, exponiendo el agresivo perfil del individualismo dominante, ese que olvida a la otredad o la hace objeto de su intolerancia.
Sobran los ejemplos, en lo pequeño y en lo grande, en lo privado y en la sociedad, en la comarca y en el mundo, de ese individualismo que ha crecido de la mano de una prédica constante de alabanza a la defensa del interés personal, del valor material por sobre el humano y, como consecuencia, de la indiferencia por el semejante.
Indiferencia que admite, en su egoísta prescindencia, la exaltación de la intolerancia y su manifestación extrema de los fanatismos en boga.
 Hoy, hay un mundo que se hace astillas por doquier víctima de múltiples miserias, las corrientes migratorias que huyen del hambre, los desastres naturales, las guerras, las persecuciones políticas, los odios raciales y religiosos, suman millones de seres que vagan sin destino y sin esperanza sobre la faz de la Tierra.
Simultáneamente, hay otro mundo que de diversas maneras auspicia la miseria, provoca desastres y hambre, genera guerras y exalta odios raciales, religiosos, culturales para mantener dominado a su antojo y conveniencia a una humanidad que, bajo esa estrategia de miedo y dominación, ha ido renunciando a valores que proporcionarían respuestas frente a la ignominia. El comportamiento humano, manipulado con alevosa premeditación muestra entonces, en aquel marco, sus peores facetas en detrimento de la perspectiva moral que haría posible la empatía,  esa capacidad que nos hace humanos. A la desconfianza y el miedo, estimulados constantemente, se suman la indiferencia y las intolerancias fanáticas que señorean por sobre la sensibilidad y la razón. Cuando la sensibilidad se adormece, cuando la intolerancia deja de conmovernos ,cuando el sufrimiento ajeno es cosa de otros existe, sin dudas, un problema moral que nos atañe, que es personal, aunque hayamos sido conducidos, arrastrados  por una corriente dominante que busca transformarnos para adoptar aquellas actitudes. Digo que es personal, porque si hay algo que nos diferencia de otros seres, es la capacidad de elegir y esa libertad que aún nos cabe, resulta en una responsabilidad moral que nos compromete con nosotros mismos y con el prójimo.

Estar atentos a esa responsabilidad de vigilancia y respuesta constante contra la manipulación que incita al individualismo, a la indiferencia egoísta y sobre todo a la intolerancia, puede ser una intención personal que la hagamos nueva cada día como un valioso desafío de vida.  Federico Ferrando.-

16 de noviembre de 2013

LA SERPIENTE Y LA DEMOCRACIA




Ayer, mi hija de quince años, atenta a los aconteceres del mundo, me preguntó con voz conmovida “ ¿ papá, Suecia puede transformarse en una dictadura fascista ?”.
La preocupación adolescente, que resumía en la interrogante el clima que sobrevuela no sólo Suecia (país en que vivimos) sino toda Europa, enunciaba la sospecha de una realidad factible que el mundo adulto –una vez más- prefiere disimular subvalorando la gravedad que el fenómeno fascista viene desarrollando. La pregunta de mi hija derivaba de la circunstancia política actual del país que ha conducido al tercer puesto de la preferencia popular al partido  Sverige Demokrater (SD) de ideología netamente fascista, que continúa en ascenso desde que se instaló en el Parlamento en el 2010.
Es notorio y alarmante que el huevo de la serpiente viene incubándose, con mayor o menor vehemencia, en toda Europa. No obstante, podía resultar difícil imaginar que en la imagen edulcorada de Suecia que rueda por el mundo, como ejemplo aparente de bienestar y democracia, ese engendro también pudiera tener lugar en su seno. Sin embargo, sólo una visión muy ingenua supondría esa excepcionalidad. La idílica Suecia también ha ido procesando con lealtad a ultranza todos los códigos dictados por el  atroz neoliberalismo que, a su paso, fue trastocando y corrompiendo no sólo las economías, sino aún más, los valores humanos que construyen los fundamentos de libertad, justicia, solidaridad, empatía, de la sociedad. Tal descomposición, no ha hecho otra cosa que generar el caldo de cultivo propicio para que las miasmas del fascismo vuelvan a renovar su fetidez. A pesar de esta evidencia, manifestada  cada día con creciente vigor, la mirada indiferente de la sociedad sigue amparando, bajo el paraguas protector de los derechos de la democracia a la libre expresión, la evolución de un proceso que la historia ya conoce pero que la memoria colectiva parece olvidar. Hasta qué punto la democracia puede extender los límites de aceptación de las manifestaciones que atenten contra su propia existencia, resultaría una pregunta elemental que los defensores de la tolerancia ilimitada podrían plantearse en el intento de una reacción dinámica y racional. Pero, como siguiendo un destino manifiesto, la opción parece ser la de resignar el combate activo y permanente contra la reiteración de la barbarie.
El nazifascismo hitleriano, en su ultranacionalismo acérrimo, con el propósito de salvar de la ruina y la decadencia a la nación, señaló la necesidad de extirpar el cáncer que la consumía y  la identificación del mal apuntó fundamentalmente a los judíos, también a gitanos y extranjeros. El Holocausto devino entonces como  solución, en el marco de una sociedad enferma de irracionalidad. Hoy, algunas décadas después, la Historia no se repite  pero se imita y la debilidad de las desacreditadas democracias liberales, así como la mirada indiferente de la sociedad, han facilitado el ingreso triunfal a la arena política de los nuevos demagogos que ofrecen nuevos chivos expiatorios (musulmanes, africanos, extranjeros en general), mientras los poderes financieros siguen impunes manipulando a su antojo toda fuerza que los beneficie. No es casualidad que los grandes intereses económicos hayan estado en estrecha connivencia con el totalitarismo hitleriano y hoy, en la exacerbación extrema del capitalismo salvaje, el fascismo vuelva por sus fueros e interrelacionándose con el capital, se adapte a la nueva realidad  renovando las viejas fórmulas que otrora lo sustentaran.
Cuando mi hija me exigió ahora una respuesta, sólo tuve la pobre alternativa de decirle, sin demasiado convencimiento, “esperemos que no,  que la razón impida la continuidad de este camino”, Al hacerlo, pensaba que dicha esperanza no puede, obviamente, sustentarse  en la pasividad de un voluntarismo ingenuo, sino  nutriéndose de una constante y dinámica  actitud de compromiso y acción , de concientización de la realidad y de aporte permanente –en la medida de las diferentes capacidades- a la neutralización de ese engendro que extiende sus tentáculos mientras se mira para el costado y, no pocas  veces en forma burda y sin análisis hasta se justifica, bajo la seducción del mismo engañoso discurso que condujo al mundo a la catástrofe hace no demasiados años. 

Federico Ferrando.-




18 de mayo de 2013

EL MIEDO. LOS MIEDOS (III)



En mi último blogg (LOS MIEDOS II), hacía referencia a la religión como creación humana que nos sume en la oscuridad, nos induce a la elusión de responsabilidades que volcamos hacia  deidades en las que depositamos toda nuestra fe, así como en el uso que el poder político ha hecho siempre de esa falacia en beneficio de sus intereses. A este último efecto nombraba a destacados personajes practicantes del cínico ejercicio de invocar constantemente a Dios y la religión, mientras las más aberrantes prácticas de atentados contra el ser humano se cometían bajo  su égida.
Frente a esta referencia, recibí el comentario de uno de mis lectores en el que me hacía notar la parcialidad que me impedía ver que también hay políticos "buenos" que convocan a Dios y la religión. Doy por supuesto que así es y, que los "buenos" que profesan religiones, parten de la base de que sus dioses constituyen entes con bondades que ellos aspiran a que se expandan urbi et orbi. Llevados por tales intenciones e imbuidos de su fe (ese capricho irracional que también practican políticos "buenos") elevarán sus plegarias al cielo en la búsqueda de soluciones a los problemas que nos acucian. Sin embargo, la sana actitud de quienes, inclinados así hacia la misericordia, se amparan bajo el paraguas de las deidades, no oculta por otro lado el enorme ámbito de las religiones que alojan, con absoluta tolerancia, complicidad y mezquinos beneficios, el objeto de todo lo que abominan en sus prédicas. La Iglesia Católica es ejemplo de la connivencia histórica con el poder político, lo que ha conllevado hasta el día de hoy mucha mentira, mucha descomposición, mucha inmoralidad y dolor...en el nombre de Dios. También los "buenos" han caído y caen bajo el influjo de ese poder extraterrenal impuesto a instancias del miedo. Por qué no ? Ellos forman parte de esa humanidad que ha ido forjando la idea de que el destino del hombre está unido a la voluntad divina, dependiente de ella y sometida a ella. Rebelarse ante sus designios conduce a las puertas del infierno. Aunque los políticos "buenos" no hagan esta referencia, ella está implícita en la aceptación y adoración de poderes celestiales. Esta amenaza constante y el miedo consecuente han suprimido la voluntad del hombre para reconocerse con la potencialidad inherente que le permitiría ejercer libremente su propio destino. Esa negación resulta, a mi entender, el factor cuestionable de mayor significación porque anula en el ser de carne y hueso la consciencia de sus valores y de su fuerza.
Se me dirá que la recurrencia a esos credos es una necesidad de gran parte de la humanidad para sobrevivir a sus carencias y angustias, es cierto y así lo ha hecho desde tiempos inmemoriales. Pero esa panacea ante tal necesidad alimentada y estimulada por las religiones no ha conducido a la afirmación del individuo, al fortalecimiento de su propia capacidad y poder sino que, por el contrario, lo ha humillado volcándolo a la dependencia de entelequias abstractas que se transformaron en un vacuo sostén del que se han hecho esclavos incondicionales.
Las religiones apuntan, como base de sustentación, a la alabanza de virtudes de carácter humano, pero caprichosamente incorporadas a la divinidad y a sus"representantes " en la Tierra (llámense Jesucristo o Mahoma), como figuras ejemplares a imitar. Es obvio que este resulta un cómodo recurso para hacer confluir, en una sola imagen, el compendio de todas las bondades pasibles de albergar idealmente un individuo. Pero, por qué remontarnos a los cielos para encontrar el camino que nos conduzca a ese hipotético ideal, cuando en la búsqueda partimos de rasgos ejemplares que son humanos ?
Al caer en esta concepción tramposa de virtudes celestes e ignorancia de la condición humana de donde aquellas parten en la realidad, aparece entonces el arma de amedrentamiento y dominio para aceptar el artificio: el miedo.
El miedo al castigo divino que recaerá inexorablemente sobre toda desviación del rebaño, sobre todo cuestionamiento a las verdades rebeladas de origen celestial, sobre toda consciencia que ubique a la vida en sus parámetros reales, terrenales, de sufrimientos y felicidades originadas y construídas por el quehacer humano. Ese miedo que empequeñece, manipulado para  infantilizar al individuo e incorporado por éste pasiva e inconscientemente a su vida, niega impunemente la libertad natural en aras de la sumisión. Esa que será "recompensada" cuando la responsabilidad humana no ejercida se convierta en polvo. Federico Ferrando.   

29 de abril de 2013

EL MIEDO. LOS MIEDOS. (II)



Quién no recuerda, de los días infantiles, aquel aberrante procedimiento  de castigo tan común del encierro en el cuarto oscuro, aplicado por los padres. Aquél método “pedagógico” para imponer la disciplina doméstica, sumía al niño en el miedo a las tenebrosas fantasías que, inspiradas por la oscuridad, invadían el alma y los sentidos, neutralizando así cualquier resistencia. El sometimiento se cumplía mediante la humillación y el terror a lo desconocido que se escondía en las tinieblas.
Visto con la perspectiva de los años, aquel ejercicio de poder y dominio quizás se observe con tolerancia y una consideración de insignificancia en el cúmulo de afrentas que el devenir de la vida nos depara. Sin embargo, nada es inocente en ese proceder que tiende al debilitamiento de toda rebeldía, de toda capacidad de raciocinio y equilibrio, con el objetivo de alcanzar el dominio, la sumisión, mediante el miedo, esa arma tan bien manipulada por  el poder, llámese como se llame. Aquel aprendizaje temprano será un ejercicio que, a través de la vida, lo veremos reiterado con el mismo objetivo, amedrentar, desvalorizar al individuo para dominarlo.
Abismar en la oscuridad ha sido, por ejemplo, una elaborada tarea de las religiones frente a la carencia de respuestas a los interrogantes sobre la vida y la muerte. A la incapacidad de respuesta acude la invención fantasiosa de mitos, dioses, espacios donde la recompensa o el castigo marcarán las pautas de nuestro andar en la vida y aún más allá, en la entelequia de paraísos o avernos. Toda esa arquitectura de complejos posicionamientos y caprichosas construcciones, donde la mitología y la realidad se mezclan y entrelazan para dar versiones diferentes, pero comunes en su esencia, constituyen un mapa  donde los caminos sólo conducen a la pérdida de la confianza en sí mismo y a la  transferencia de la responsabilidad del destino a las construcciones divinas de elaboración puramente humana.  Esos divinos personajes serán ahora los que nos sumirán en el cuarto oscuro. Serán los artífices del  oscurantismo que nos despoja de la posibilidad de reacción racional ante las eventualidades de la existencia, ese nuevo cuarto oscuro nos transforma en seres inermes, sin capacidad para generar instrumentos que nos hagan libres en el manejo responsable de nuestras vidas.
Ante esa carencia, delegamos entonces aquella carga en los poderes extrahumanos del más allá que se encargarán de regir nuestro destino y, si ellos así lo desean, seremos felices o desgraciados.
La fe en esos misteriosos designios del extramundo será entonces la que impondrá la obediencia ciega, pasiva, a las ficciones impuestas por las religiones.  Generada, de esta manera, la condición óptima para ser objeto de manipulación sin atisbos de resistencias, pasamos sin solución de continuidad a constituirnos en presa fácil del miedo. Ese miedo que, de una forma u otra, toda religión infunde para que el rebaño no se aparte de la majada. Quebrar la imposición de la fe en las construcciones humanas atribuidas a  los dioses es punible. Vacíos de todo raciocinio, sometidos a los oscuros dictados de la fe, cuya omisión nos conducirá a la condena celestial, seremos neutralizados mediante aquella amenaza y, el terror que provendría de aquellos infiernos prometidos, nos hará débiles y sometidos. Ese poder abstracto pero terrible, invento terrenal del castigo divino, será manipulado por los poderes reales como instrumento cómplice para imperar sobre los pueblos. Ha sido así históricamente y no ha cambiado en la historia reciente. Recordemos las invocaciones a Dios y la religión de todos los déspotas criminales del mundo llámense Pinochet, Busch, Franco, Reagan, Bordaberry, Videla, por nombrar sólo algunos representantes del cínico contubernio.
La estrategia del miedo utilizada para sojuzgar, es una constante tras nuestra espaldas de la que deberíamos tomar consciencia para sacudírnosla y evitar seguir encerrado en otro cuarto oscuro como el la niñez.
Federico Ferrando.-