Quién no recuerda, de los días
infantiles, aquel aberrante procedimiento
de castigo tan común del encierro en el cuarto oscuro, aplicado por los
padres. Aquél método “pedagógico” para imponer la disciplina doméstica, sumía
al niño en el miedo a las tenebrosas fantasías que, inspiradas por la oscuridad,
invadían el alma y los sentidos, neutralizando así cualquier resistencia. El
sometimiento se cumplía mediante la humillación y el terror a lo desconocido
que se escondía en las tinieblas.
Visto con la perspectiva de los años,
aquel ejercicio de poder y dominio quizás se observe con tolerancia y una
consideración de insignificancia en el cúmulo de afrentas que el devenir de la
vida nos depara. Sin embargo, nada es inocente en ese proceder que tiende al
debilitamiento de toda rebeldía, de toda capacidad de raciocinio y equilibrio,
con el objetivo de alcanzar el dominio, la sumisión, mediante el miedo, esa
arma tan bien manipulada por el poder,
llámese como se llame. Aquel aprendizaje temprano será un ejercicio que, a
través de la vida, lo veremos reiterado con el mismo objetivo, amedrentar,
desvalorizar al individuo para dominarlo.
Abismar en la oscuridad ha sido, por
ejemplo, una elaborada tarea de las religiones frente a la carencia de
respuestas a los interrogantes sobre la vida y la muerte. A la incapacidad de
respuesta acude la invención fantasiosa de mitos, dioses, espacios donde la
recompensa o el castigo marcarán las pautas de nuestro andar en la vida y aún
más allá, en la entelequia de paraísos o avernos. Toda esa arquitectura de
complejos posicionamientos y caprichosas construcciones, donde la mitología y
la realidad se mezclan y entrelazan para dar versiones diferentes, pero comunes
en su esencia, constituyen un mapa donde
los caminos sólo conducen a la pérdida de la confianza en sí mismo y a la transferencia de la responsabilidad del
destino a las construcciones divinas de elaboración puramente humana. Esos divinos personajes serán ahora los que nos
sumirán en el cuarto oscuro. Serán los artífices del oscurantismo que nos despoja de la
posibilidad de reacción racional ante las eventualidades de la existencia, ese
nuevo cuarto oscuro nos transforma en seres inermes, sin capacidad para generar
instrumentos que nos hagan libres en el manejo responsable de nuestras vidas.
Ante esa carencia, delegamos entonces
aquella carga en los poderes extrahumanos del más allá que se encargarán de
regir nuestro destino y, si ellos así lo desean, seremos felices o
desgraciados.
La fe en esos misteriosos designios del
extramundo será entonces la que impondrá la obediencia ciega, pasiva, a las
ficciones impuestas por las religiones. Generada, de esta manera, la condición óptima
para ser objeto de manipulación sin atisbos de resistencias, pasamos sin
solución de continuidad a constituirnos en presa fácil del miedo. Ese miedo
que, de una forma u otra, toda religión infunde para que el rebaño no se aparte
de la majada. Quebrar la imposición de la fe en las construcciones humanas
atribuidas a los dioses es punible.
Vacíos de todo raciocinio, sometidos a los oscuros dictados de la fe, cuya
omisión nos conducirá a la condena celestial, seremos neutralizados mediante
aquella amenaza y, el terror que provendría de aquellos infiernos prometidos,
nos hará débiles y sometidos. Ese poder abstracto pero terrible, invento
terrenal del castigo divino, será manipulado por los poderes reales como instrumento
cómplice para imperar sobre los pueblos. Ha sido así históricamente y no ha
cambiado en la historia reciente. Recordemos las invocaciones a Dios y la religión
de todos los déspotas criminales del mundo llámense Pinochet, Busch, Franco, Reagan,
Bordaberry, Videla, por nombrar sólo algunos representantes del cínico
contubernio.
La estrategia del miedo utilizada para
sojuzgar, es una constante tras nuestra espaldas de la que deberíamos tomar
consciencia para sacudírnosla y evitar seguir encerrado en otro cuarto oscuro
como el la niñez.
Federico Ferrando.-
Federico Ferrando.-