29 de abril de 2013

EL MIEDO. LOS MIEDOS. (II)



Quién no recuerda, de los días infantiles, aquel aberrante procedimiento  de castigo tan común del encierro en el cuarto oscuro, aplicado por los padres. Aquél método “pedagógico” para imponer la disciplina doméstica, sumía al niño en el miedo a las tenebrosas fantasías que, inspiradas por la oscuridad, invadían el alma y los sentidos, neutralizando así cualquier resistencia. El sometimiento se cumplía mediante la humillación y el terror a lo desconocido que se escondía en las tinieblas.
Visto con la perspectiva de los años, aquel ejercicio de poder y dominio quizás se observe con tolerancia y una consideración de insignificancia en el cúmulo de afrentas que el devenir de la vida nos depara. Sin embargo, nada es inocente en ese proceder que tiende al debilitamiento de toda rebeldía, de toda capacidad de raciocinio y equilibrio, con el objetivo de alcanzar el dominio, la sumisión, mediante el miedo, esa arma tan bien manipulada por  el poder, llámese como se llame. Aquel aprendizaje temprano será un ejercicio que, a través de la vida, lo veremos reiterado con el mismo objetivo, amedrentar, desvalorizar al individuo para dominarlo.
Abismar en la oscuridad ha sido, por ejemplo, una elaborada tarea de las religiones frente a la carencia de respuestas a los interrogantes sobre la vida y la muerte. A la incapacidad de respuesta acude la invención fantasiosa de mitos, dioses, espacios donde la recompensa o el castigo marcarán las pautas de nuestro andar en la vida y aún más allá, en la entelequia de paraísos o avernos. Toda esa arquitectura de complejos posicionamientos y caprichosas construcciones, donde la mitología y la realidad se mezclan y entrelazan para dar versiones diferentes, pero comunes en su esencia, constituyen un mapa  donde los caminos sólo conducen a la pérdida de la confianza en sí mismo y a la  transferencia de la responsabilidad del destino a las construcciones divinas de elaboración puramente humana.  Esos divinos personajes serán ahora los que nos sumirán en el cuarto oscuro. Serán los artífices del  oscurantismo que nos despoja de la posibilidad de reacción racional ante las eventualidades de la existencia, ese nuevo cuarto oscuro nos transforma en seres inermes, sin capacidad para generar instrumentos que nos hagan libres en el manejo responsable de nuestras vidas.
Ante esa carencia, delegamos entonces aquella carga en los poderes extrahumanos del más allá que se encargarán de regir nuestro destino y, si ellos así lo desean, seremos felices o desgraciados.
La fe en esos misteriosos designios del extramundo será entonces la que impondrá la obediencia ciega, pasiva, a las ficciones impuestas por las religiones.  Generada, de esta manera, la condición óptima para ser objeto de manipulación sin atisbos de resistencias, pasamos sin solución de continuidad a constituirnos en presa fácil del miedo. Ese miedo que, de una forma u otra, toda religión infunde para que el rebaño no se aparte de la majada. Quebrar la imposición de la fe en las construcciones humanas atribuidas a  los dioses es punible. Vacíos de todo raciocinio, sometidos a los oscuros dictados de la fe, cuya omisión nos conducirá a la condena celestial, seremos neutralizados mediante aquella amenaza y, el terror que provendría de aquellos infiernos prometidos, nos hará débiles y sometidos. Ese poder abstracto pero terrible, invento terrenal del castigo divino, será manipulado por los poderes reales como instrumento cómplice para imperar sobre los pueblos. Ha sido así históricamente y no ha cambiado en la historia reciente. Recordemos las invocaciones a Dios y la religión de todos los déspotas criminales del mundo llámense Pinochet, Busch, Franco, Reagan, Bordaberry, Videla, por nombrar sólo algunos representantes del cínico contubernio.
La estrategia del miedo utilizada para sojuzgar, es una constante tras nuestra espaldas de la que deberíamos tomar consciencia para sacudírnosla y evitar seguir encerrado en otro cuarto oscuro como el la niñez.
Federico Ferrando.-