Lo que
voy a narrar aquí es una pequeña historia absolutamente verídica. La
experiencia, contada por la protagonista, si es mirada en
superficie puede llamar a risa, pero cuando se profundiza un poco ella nos induce a la reflexión sobre
los factores en juego que nutrieron la anécdota.
La persona en cuestión que, por razones
de trabajo se encontraba en N.York, residía en la ocasión en un lujoso hotel de
aquella urbe. A poco de encontrarse allí, una noche , desde la amplia planta de
la recepción que a esa hora lucía desolada, ingresó a uno de los ascensores
para acceder a su apartamento ubicado en el décimo quinto piso. En el instante en que la puerta automática se
cerraba, una mano de piel negra lo impide y da paso a una figura altísima, que, enfundada
en un equipo deportivo, con la cabeza gacha y cubierta con una capucha, apenas
deja entrever su rostro. Tras esa
aparición, el clic de la puerta al cerrarse. A su lado, lo acompaña un mastín
enorme de aspecto amenazante. Sobrecogida por las inesperadas e inquietantes
presencias, la mujer hubiera querido huir de la caja metálica, pero esta ya había
iniciado el ascenso.
Los segundos, que ella sintió como una
eternidad, marcaban ya el pasaje por el quinto piso en el tenso silencio que
los envolvía, cuando oyó una orden que en forma sibilante surgía desde aquella
figura enorme y quieta a su lado. “sentate!”.
Aterrorizada, sin saber que hacer, comenzó a temblar. Al instante, el hombre,
con voz ronca y tensa movió la cabeza y esta vez casi gritó “sentate !” Ella, apoyando la espalda en una de las
paredes, fue entonces deslizándose hacia el piso hasta quedar sentada mientras
el sudor le perlaba la frente. Cuando ahogada por un llanto a punto de romperse
abría la boca para implorar por su vida, por su integridad, vio como la
amenazante figura a su lado se inclinaba hacia ella con presteza y tendiéndole amablemente
una mano para ayudarla a incorporarse le decía, con una amplia sonrisa, “era al perro a quien le hablaba”.
El ascensor había llegado entonces al
decimoquinto piso, avergonzada, temblando aún y con el terror en los ojos, salió
de allí mientras oía las disculpas de un desconocido que nada le había hecho.
Frente a una situación tal cabría
preguntarse cuánto jugó en el ánimo de la “víctima” el prejuicio racial por un lado, pero por otro
resulta evidente el rol de la constante
presencia del MIEDO, ese con mayúsculas, inoculado en la sociedad a nivel
universal en todos los ámbitos de la vida. Esa sensación que, antigua como la existencia del hombre, se ha
exacerbado hoy hasta la insanía adquiriendo la calidad inquietante de rasgo característico
de nuestro tiempo.
Si nos cabe alguna duda al respecto tan
sólo miremos a nuestro alrededor. Alarmas por doquier, dispositivos de
seguridad, murallas, satélites de localización, rejas, gente armada,
desconfianza del prójimo, son algunos de los síntomas más comunes y cotidianos
que nos acechan a los ciudadanos del mundo, sin distinción de clase ni lugar en
esta epidemia de miedo que embarga a la humanidad. Estas son, no obstante, sólo
algunas de las múltiples expresiones de miedo que asimilamos a nuestra
cotidianeidad, a tal punto creo, que perdemos la consciencia de esa incorporación
casi como si fuera algo natural a nuestra existencia. Sin embargo ahí están,
transformando nuestra vida, nuestras concepciones, nuestras expectativas,
nuestra sensibilidad y, sobre todo, provocando el quebranto de nuestra empatía.
Cada miedo sumado, real o virtual, nos ha ido alejando de todo aquello pasible de ser un objeto potencial de nuestra
solidaridad, de nuestra confianza y amor, para convertirlo en la imagen de una posible amenaza, de un posible enemigo.
Hoy vivimos en la cultura del miedo,
estamos inmersos en él, lo llevamos con nosotros como una compañía inevitable,
sin apenas cuestionarlo ni cuestionarnos. Me pregunto si no cabría tomar consciencia activa de esa pasividad que nos conduce a la aceptación mansa,
resignada del miedo, de los miedos, derivados de las amenazas reales pero
también las imaginarias.
Federico
Ferrando.