23 de marzo de 2013

EL MIEDO. LOS MIEDOS (I)




Lo que  voy a narrar aquí es una pequeña historia absolutamente verídica. La experiencia, contada por la protagonista, si es mirada   en superficie puede llamar a risa, pero cuando se profundiza  un poco ella nos induce a la reflexión sobre los factores en juego que nutrieron la anécdota.
La persona en cuestión que, por razones de trabajo se encontraba en N.York, residía en la ocasión en un lujoso hotel de aquella urbe. A poco de encontrarse allí, una noche , desde la amplia planta de la recepción que a esa hora lucía desolada, ingresó a uno de los ascensores para acceder a su apartamento ubicado en el décimo quinto piso.  En el instante en que la puerta automática se cerraba, una mano de piel negra lo impide  y da paso a una figura altísima, que, enfundada en un equipo deportivo, con la cabeza gacha y cubierta con una capucha, apenas deja entrever su rostro.  Tras esa aparición, el clic de la puerta al cerrarse. A su lado, lo acompaña un mastín enorme de aspecto amenazante. Sobrecogida por las inesperadas e inquietantes presencias, la mujer hubiera querido huir de la caja metálica, pero esta ya había iniciado el ascenso.
Los segundos, que ella sintió como una eternidad, marcaban ya el pasaje por el quinto piso en el tenso silencio que los envolvía, cuando oyó una orden que en forma sibilante surgía desde aquella figura enorme y quieta a su lado. “sentate!”. Aterrorizada, sin saber que hacer, comenzó a temblar. Al instante, el hombre, con voz ronca y tensa movió la cabeza y esta vez casi gritó “sentate !”  Ella, apoyando la espalda en una de las paredes, fue entonces deslizándose hacia el piso hasta quedar sentada mientras el sudor le perlaba la frente. Cuando ahogada por un llanto a punto de romperse abría la boca para implorar por su vida, por su integridad, vio como la amenazante figura a su lado se inclinaba hacia ella con presteza y tendiéndole amablemente una mano para ayudarla a incorporarse le decía, con una amplia sonrisa, “era al perro a quien le hablaba”.
El ascensor había llegado entonces al decimoquinto piso, avergonzada, temblando aún y con el terror en los ojos, salió de allí mientras oía las disculpas de un desconocido que nada le había hecho.
Frente a una situación tal cabría preguntarse cuánto jugó en el ánimo de la “víctima”  el prejuicio racial por un lado, pero por otro resulta  evidente el rol de la constante presencia del MIEDO, ese con mayúsculas, inoculado en la sociedad a nivel universal en todos los ámbitos de la vida. Esa sensación que, antigua  como la existencia del hombre, se ha exacerbado hoy hasta la insanía adquiriendo la calidad inquietante de rasgo característico de nuestro tiempo. 
Si nos cabe alguna duda al respecto tan sólo miremos a nuestro alrededor. Alarmas por doquier, dispositivos de seguridad, murallas, satélites de localización, rejas, gente armada, desconfianza del prójimo, son algunos de los síntomas más comunes y cotidianos que nos acechan a los ciudadanos del mundo, sin distinción de clase ni lugar en esta epidemia de miedo que embarga a la humanidad. Estas son, no obstante, sólo algunas de las múltiples expresiones de miedo que asimilamos a nuestra cotidianeidad, a tal punto creo, que perdemos la consciencia de esa incorporación casi como si fuera algo natural a nuestra existencia. Sin embargo ahí están, transformando nuestra vida, nuestras concepciones, nuestras expectativas, nuestra sensibilidad y, sobre todo, provocando el quebranto de nuestra empatía. Cada miedo sumado, real o virtual, nos ha ido alejando de todo aquello  pasible de ser un objeto potencial de nuestra solidaridad, de nuestra confianza y amor, para convertirlo en la imagen de  una posible amenaza, de un posible enemigo.
Hoy vivimos en la cultura del miedo, estamos inmersos en él, lo llevamos con nosotros como una compañía inevitable, sin apenas cuestionarlo ni cuestionarnos. Me pregunto si no cabría tomar  consciencia activa de esa pasividad  que nos conduce a la aceptación mansa, resignada del miedo, de los miedos, derivados de las amenazas reales pero también las imaginarias.

Federico Ferrando.

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