18 de mayo de 2014

EL ÁRBOL QUE OCULTA EL BOSQUE
o  La cobardía que nos embarga.


No es novedosa, obviamente, esta  propuesta de poner una vez más sobre el tapete la medianía de la uruguayez,. No obstante, frente a los hechos que reiteran un comportamiento social que la pone porfiadamente en evidencia, resulta inevitable volver sobre el tema. No porque crea que se enmiende así como así una substancia de tan profunda inserción, pero sí en la esperanza de que insistiendo en mirarnos al espejo, quizás un día intentemos empezar a pensar en la necesidad de un “lifting” para ese ajado rostro con que nos vamos a topar. Esa característica que llevamos, como marca de fábrica, y de la que resulta tan difícil desprenderse, corregirla, superarla, transformarla en una alternativa que impulse el salto, la ruptura, la elusión del canon, no digamos siquiera la transgresión, resulta ser un signo identitario que, como una piel inseparable, nos resguarda, nos cubre, nos “protege” de toda incursión cuestionadora del anodino equilibrio que nos extremamos por mantener entre la quietud mediocre de la indiferencia y el conservadurismo cómodo de los pusilánimes. Esa tendencia dominante, que recorre de arriba abajo y de izquierda a derecha todos los estamentos de nuestra sociedad y que se niega empecinadamente a evadir los moldes habituales a que se sujeta, que teme siempre trascender nuevos espacios en cualquier orden que sea, se expresa obstinadamente en los más variados escenarios.

Montevideo acaba de ser testigo de un hecho renovador o, mejor dicho, del puntapié inicial de un proyecto renovador. Me refiero al derrumbe del Cilindro Municipal, una ruina inútil que se mantenía a medias en pie sin objeto alguno y cuya desaparición brindará espacio a un emprendimiento de mayúsculas proporciones. En un futuro próximo allí se construirá el Antel Arena que brindará no solamente nueva vida a la zona en un montón de aspectos, sino que habilitará, en un marco de tecnificación y arquitectura modernas,  una constante actividad deportiva y cultural a niveles de los que se carece actualmente. Se debe agregar a ello el provecho económico que Antel podrá extraer de allí para implementar proyectos de beneficio general para la población. Sin embargo, aunque este panorama resulte esperanzador y estimulante, la mediocridad conservadora y ciega a lo nuevo, a lo distinto, a la renovación de lo que sea, no se hizo esperar con su lloradera nostalgiosa y la crítica banal frente a un proyecto que tuvo la audacia de romper la medianía que  embarga a la aldea. No faltaron los comentarios en Facebook y en la prensa lamentando la pérdida de aquella reliquia que acompañó tantos años el paisaje, el costo de la implosión que lo hizo desaparecer o el dolor de la añoranza de tantas cosas vividas en aquel recinto (¿incluidas las detenciones de trabajadores y activistas en la época gris de nuestra historia reciente?).

Lo lamentable es que esa letanía ultraconservadora que envuelve al uruguayo en cada circunstancia en la que se enfrenta a un posible cambio renovador, se extiende a todos los campos de la actividad social, aún en aquellos en que se pone en juego el porvenir de la propia sociedad. Observemos si no sucede así en el terreno de la política. En un país cuya mentalidad  fue  estructurada y condicionada, durante décadas y décadas, por los moldes impuestos por los dos partidos tradicionales que marcaron el paso de nuestra historia, la capacidad de elección de un camino alternativo quedó anulada durante años por una rutina cómoda y sin imaginación. Debieron suceder instancias tremendamente duras en el transcurso  de los últimos tiempos, incluida la triste dictadura, para que una parte del pueblo, afortunadamente mayoritaria, se jugara por imponer una nueva perspectiva llevando al Frente Amplio al gobierno. No obstante la necesidad imprescindible de ese cambio, debieron transcurrir más de treinta años, desde la creación de aquel Movimiento como propuesta renovadora, para que ese paso tuviera lugar. Los temores tras los que se abroquela esa naturaleza conservadora del uruguayo medio, fueron finalmente superados en esa instancia crucial que cambió el panorama de la política uruguaya. Sin embargo, siempre surge una nueva oportunidad para el rebrote  de aquella faceta restrictiva que el uruguayo arrastra como una rémora inevitable.

Con el triunfo del FA en la primera oportunidad que alcanzó el gobierno, una figura, el Dr. Tabaré Vázquez, quien supo conquistar el apoyo popular, no sólo obtuvo la presidencia del país, sino que su habilidad en el manejo de la cosa pública derivó en la construcción de una figura de corte diferente en el contexto político, que lo alzó a la categoría de líder en la opinión pública. Durante su gestión mostró entonces, concienzudamente, de lo que era capaz. Sin dudas hubo logros en su gestión, pero también renunciamientos, olvidos o desviaciones, como quiera llamársele, que no estaban programadas en el proyecto para el que fue elegido. Lo cierto es que aquel perfil de izquierda que nos mostró y en el que la gente depositó su confianza se aguó severamente dejando un sabor amargo de frustración que sigue presente ante la inminencia de una nueva elección. Han transcurrido años desde entonces, el FA continúa en el gobierno, el Dr. Vázquez apareciendo y desapareciendo en la palestra cuando lo considera oportuno para dosificar expectativas, efectuando marchas y contramarchas, como le es habitual, como estrategia que lo resguarda de desgastes que empobrecerían su imagen, ha logrado mantener su nombre en alto dentro de un importante sector del electorado.

Los intereses de la burocracia partidaria levantan su liderazgo contra viento y marea y han “naturalizado” su condición de candidato ineludible del FA para las próximas elecciones. La construcción se ha hecho hábito y nos han acostumbrado a su figura inculcándonos de cierta manera aquello de que ”más vale malo conocido que bueno por conocer”. No importan los desméritos anotados en una gestión que olvidó principios fundamentales de un programa frenteamplista que promulgaba, entre otros valores, desde el respeto y enaltecimiento de la soberanía nacional  a un cambio sustancial que propendiera a establecer esa igualdad social tan proclamada, al punto tal de  que “haría  temblar hasta las raíces de los árboles”. A una sociedad que, aún sueñe con las utopías, se supone que le cabría cuestionarse la vigencia de este liderazgo. Para ello sólo debería observar las concesiones brindadas al capital internacional sin que, con ello, la situación de los desheredados de siempre haya superado su rutina; mejor aún si además ha visto como, ese “líder natural”, supo desmontar las grandes ideas que caracterizaban al FA aplicando una política de amortiguación y pragmatismo para ejercer el poder como acto único, olvidando que ese poder debe estar distribuido socialmente. Por otra parte, cómo olvidarlo, la aplicación de  una política económica de neto corte neoliberal, objeto permanente de la crítica acérrima de la izquierda, que logró acunarse en el gobierno de Vázquez con total complacencia, no puede tampoco pasar desapercibida.

Cuesta imaginar que aquella flexibilización en el plano ideológico, cometida por Vázquez en su gobierno, no sea tenida en cuenta por un electorado pensante.  Se hace difícil creer en la indiferencia popular ante su alejamiento de las tendencias antiimperialistas del FA, ya que para él el imperialismo “ahora es diferente” y, además según él, habría que rever y relativizar los conceptos de izquierda y derecha, como lo declarara hace poco tiempo. Sin embargo, el Dr. Vázquez, supo imponer su autoritarismo y con él suprimió la participación popular para evitar divergencias. De esa manera, fue tácitamente aceptado el incumplimiento de los postulados que justificaron su ascensión al  poder, por falta de intercambio, de debate, de cuestionamiento. Tal escenario condujo, sin ambages, al caudillismo que hoy parece haberse entronizado nuevamente en la mentalidad uruguaya. Y,
así estamos, nuevamente, ante una instancia de afirmación cómoda, a punto de continuar una nueva rutina eludiendo todo cuestionamiento, aunque haya tanto para cuestionar. Otra actitud, sería aquella que, consciente, audaz, impugnadora, se plantara en la defensa de un camino, una actitud que recupere el valor y la práctica de postulados que hacen a la ideología. Ejercicio éste del que Vázquez se ha ido alejando en cada opción política asumida.

Afortunadamente, hoy ha aparecido una voz que trae de nuevo vientos de izquierda dentro del FA, ha surgido con ella una fuerza renovadora que reclama, dentro de la coalición, rescatar la identidad perdida, remover el funcionamiento anquilosado y brindar nueva esperanza a quienes han perdido la confianza y experimentan el desasosiego de la duda. Por añadidura, la condición de mujer de la senadora Constanza Moreira, le otorga a su aparición un factor de rompimiento con la vetusta norma de dirección patriarcal, y se suma a una visión fresca y activa de militancia, que ella inspira y que había sido relegada a un plano inferior por una gerontocracia que no se resigna a dejar paso a la renovación generacional. Esa presencia, que aparece como una alternativa positiva y renovadora, que estimula la imaginación de una perspectiva desafiante, sustentada en un proyecto de país soberano y pensado para adentro, la tenemos ahora al alcance de la mano. Allí está, en la brega, frente a nuestra consciencia y audacia, para proponerla, para apoyarla, en el intento de quebrar el molde en el que, nuevamente, nos quieren embretar. ¿Hasta donde llegará la resistencia consuetudinaria a los cambios que corre en la sangre “charrúa”, tan licuada a la hora de salir de la medianía y lanzarse a la osadía de pensar más allá del día a día ? De esa respuesta en la que será mucho lo que se pondrá en juego, dependerá el futuro del país.


Federico Ferrando Ferreira .-