Hasta hace pocos años, los regímenes dictatoriales cometían sus felonías sin ampararse en el anonimato. Muy por el contrario, quienes ostentaban ese poder, exhibían con desparpajo y sin ambages, la soberbia de sus efigies a todos los vientos y a cielo abierto. Exhibicionistas a ultranza de sus poderes e impunidades, se reafirmaban en ellas brindando al mundo la confirmación de su existencia física, contundente y visible como representación del autoritarismo del que alardeaban. Esa aureola narcisista que los envolvía, permitía, no obstante la agresividad simbólica manifiesta, una ubicación referencial a la hora de ejercer la confrontación a ese poder.
El sometimiento de los pueblos bajo el despotismo de un régimen dictatorial, en la intención por liberarse de aquel dominio ilegítimo, apuntaba entonces sus esfuerzos hacia una entidad visible, palpable. Si sobre esta presencia pudiera anotarse alguna ventaja, a la hora de establecer la comparación que marcaremos más adelante, ella radicaría en que la característica material de aquel sujeto permitía albergar la esperanza de alcanzarlo y destruirlo. Detrás del poder existían facciones que expresaban su soberbia, quizás el cinismo de una sonrisa estereotipada y repetida en la visión del imaginario colectivo y, por supuesto, la arrogancia de nombres y apellidos firmando los actos de la acción dictatorial. Esa presencia corporal, humana, representativa de la infamia, resultaba estimulante en la confrontación, porque exhibía la meta a ser destruida a la hora de acumular fuerzas necesarias para ponerle fin.
Cuando conjugamos en pasado la referencia a las dictaduras nacionales no es que obviemos las numerosas que aún lamentablemente subsisten en el mundo. Pero, por lo expresado más arriba, sabemos que los pueblos alojan siempre la esperanza de que, tarde o temprano, esos personajes que las encarnan caerán, son perecibles, ya que si la resistencia popular no alcanza para voltearlos, algún día la razón biológica acabará con ellos. A los que aún quedan en pie, casi podríamos catalogarlos como poseedores de una peligrosidad relativa, considerando el alcance de su poder y la caducidad ineludible del mismo,
Sin embargo, las transformaciones que han ido acrecentándose en las últimas décadas en aspectos fundamentales del quehacer humano, han trocado aquel fenómeno por el de la implantación de un poder supranacional, inasible, impersonal, sin rostro, que dicta a mansalva y sin escrúpulos los destinos del mundo y cuyo accionar supera de manera abismal las consecuencias de las dictaduras “tradicionales”, por llamarlas de alguna forma.
Hoy tenemos sobre nuestras cabezas la dictadura del Mercado que, infiltrada a través de la globalización por todos los rincones del mundo como un monstruo fantasmal, domina a su antojo el diario vivir de la humanidad. Ese nuevo poder que trasciende las estructuras estáticas, inútiles para controlarlo, mueve sus tentáculos con absoluta libertad y en su inmaterialidad -una de sus armas letales- elude todo enfrentamiento.
A la pérdida del control del Estado sobre su poderío, las naciones caen a merced de sus caprichos y surge la inestabilidad económica que genera la incertidumbre y el actual caos social que viven numerosos países.
Las características básicas de inmaterialidad, universalidad e inmediatez que ostenta la actividad especulativa en el imperio del Mercado confunde a la masa, la desorienta, desarticula sus capacidades de reacción, porque este enemigo no tiene imagen y su accionar tiene la rapidez del rayo y la astucia enfermiza que prioriza el interés económico a los valores humanos.
Aquella lucha que era posible librar con probabilidades de éxito contra el dictador de turno, ese déspota que conocíamos con nombre y apellido, ha ido dando paso a un nuevo planteo: la necesidad de buscar nuevas armas, nuevos métodos para encarar estos tiempos de globalización vertiginosa dominada por los “dueños del mercado”, esa oligarquía financiera que voltea gobiernos, genera guerras, provoca crisis y con insensibilidad de robot esconde la cara y se sienta sobre fortunas inimaginables.
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