"No, yo ya no miro más informativos. Estoy harto de tanto drama por todos lados. Quiero paz y tranquilidad. Prefiero sentarme a mirar un programa de T.V. que me haga reír", así, en tono displicente y sin complejos, me respondió recientemente un amigo al requerirle su opinión sobre los últimos acontecimientos en el Medio Oriente . Respeté su actitud pero aquella respuesta me dejó pensando con tristeza en la cifra enorme de personas que, como él, optan por aquella postura. La de la disposición a la indiferencia, a dar la espalda a la realidad, a la elección del silencio frente a la imperiosa necesidad del grito y la acción ante el espectáculo de un mundo que duele más cada día. El fenómeno, recurrente y fácilmente comprobable, me llevó a reflexionar sobre algunos de los posibles y variados orígenes del mismo. Sin ninguna duda, comparto la carga de dolor y frustración que los aconteceres de un mundo en crisis como el que habitamos provoca en el alma, así como el rechazo a su reconocimiento. Por otro lado, comparto asimismo la imprescindible necesidad del disfrute de la alegría y la risa como motores energéticos de nuestra experiencia vital. No obstante ello, en el centro de tal dicotomía, entiendo también que debe caber la consciencia de que formamos parte de un todo, de una entidad compleja, viva, cambiante, con debilidades y fortalezas, con virtudes y maldades, con ambiciones y egoísmos, con ideales y aberraciones, con errores y aciertos y que, por encima de ese vértigo de humanidad, nos cabe a todos en su interacción una cuota de responsabilidad. Responsabilidad que, en la medida de cada quien y en su conjunto, puede generar alternativas que contribuyan a la neutralización de las lacras negativas y a la construcción de un mundo mejor y para todos.Es precisamente esa capacidad constructora, transformadora, la que nos negamos al asumir la indiferencia. O nos la niegan? O nos inducen a negarla?En este mundo doloroso y amenazado desde múltiples flancos, donde una minoría decide su destino a su propio antojo e interés, ella no permite espacios para criterios que abran caminos a la justicia y a la igualdad. La omnipotencia del sistema que se sustenta en el poder del capital y se dinamiza aplastando toda oposición a su existencia, cuenta con armas múltiples para mantener su statu quo. Su arrogancia no admite interferencias y para ello pone en juego la supremacía de sus recursos. La fuerza bruta y los instrumentos de guerra han sido y siguen siendo los más idóneos a la hora de acallar a los pueblos y conquistar botines, pero formas más "sutiles" se han sumado para ejercer una efectividad tan peligrosa o más aún porque apuntan a la mente, anulando la capacidad de reacción y desvirtuando la realidad. El poder mediático, al servicio del poder financiero y actuando en forma paralela a éste, ha asumido por un lado el rol anesteciante que insufla insensibilidad inconsciente induciendo mansamente a la pasividad y, por otro, aquel de la desinformación perversa que interpreta al mundo manipulando la realidad de acuerdo a sus propios intereses. Sin advertirlo casi, somos así presa fácil del artilugio montado con astucia en cada rincón de la Tierra donde sea necesario introducir la mentira para confundir y la distracción fácil para adormecer. De esta manera, resulta sencillo actuar sobre mentes engañadas y sosegadas, para imponer los designios del "nuevo orden" imperialista. Cuando caemos en ese círculo hipnótico perdemos la perspectiva de la realidad y al vencernos en la indiferencia y la mansedumbre, el poder mediático, financiero e imperialista ha ganado, aún al margen de nuestra voluntad , una pequeña pero importante piedra más donde apoyarse. La manipulación guerrerista de la opinión pública, las muchas veces toleradas invasiones neocolonialistas consecuentes, los peligros inventados para justificar los crímenes constantes, el manejo alevoso del capital, la depredación impune, la prepotencia imperial autoasumida como indiscutible valor de arbitrio universal, el vil atropello a la democracia con que el imperialismo capitalista cual nuevo Atila, va arrasando a su paso, necesita -además de las armas de guerra- de la pasividad silenciosa y acrítica de los que sólo quieren reír.
3 de abril de 2012
DE HIPNOSIS Y TRAMPAS
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Buena reflexión, pero es solo un punto de vista. Seguir el juego informativo y apedrearlo es también parte de la gran farsa del entretenimiento. Mientras más hablemos de guerras, incendios y castástrofes más guerras, incendios y catástrofes tendremos. Yo recuerdo el proverbio: quien no quiere sopa, tendrá tres tazas. Luchar por la paz, por la no agresión, por el cese de la producción de armas de guerra; es mi opción. NO al servicio militar, por ejemplo. Intento poner en práctica la postura de Gandhi y los pensamientos "hacer el amor no la guerra" (The Beatles) y "pasar de largo, cruzar los brazos" (Víctor Manuel). Esto por su puesto no es la última palabra, es sólo otro punto de vista.
ResponderEliminarGracias Misuangelo. Por supuesto, toda opinión personal entraña UN punto de vista. Nada existe que no pueda encararse de modos diversos.
ResponderEliminarLo que no entiendo es lo de apedrear al "juego informativo" como subsidiario del "entretenimiento". Lo que pretendo sostener es la negación al silencio y a la indiferencia. La mansedumbre, el callar o ignorar la realidad,no contribuyen a transformar ninguna realidad, menos aún a cesar las guerras. Yo no hablo de empuñar las armas, sino de asumir consciencia del enemigo y no hacerle el juego.
En cuanto al pobre Gandhi, con todo su pacifismo no logró evitar que lo balearan. Federico
Yo de lo que mas bien estoy cansada -por el contrario- es de la falta de buenas noticias en los medios... Las buenas noticias no son consideradas noticias. y en el mundo pasan cosas buenas y buenísimas, no? hay un montón de gente que no solo no hace la guerra sino que trabaja a diario ayudando a otros... Hay que gente que descubre remedios y nuevos tratamientos, etc etc etc.... Pero no, la cosa es difundir cada semana que productos u objetos producen cancer!!!!!!
ResponderEliminarDe alguna manera entiendo que la gente se harte y decida no cargarse con mas cosas negativas... es dificil influir, cambiar las cosas desde lo individual... y lo de salir con pancartas a protestar está hartamente comprobado que pasado el ruido pocas nueces quedan....
Mercedes.