Cuántas veces hemos escuchado en nuestra vida aquel viejo refrán que reza “La codicia rompe el saco” sin prestarle demasiada importancia o, en todo caso, sólo considerándololo como una recomendación sana y necesaria para el mantenimiento de una conducta equilibrada, solidaria y generosa con el entorno, lo que no es decir poco. En incontables oportunidades hemos caído, sin dudas, en esa mención.
La frase hecha nos facilita la comprensión del concepto que queremos significar pero, no obstante la profundidad de lo que entraña, su aplicación por lo general concierne a dimensiones domésticas, no magnificamos la intensidad de aquel mal a niveles mayores al del que puede afectar a alguien portador de un “saco”. Sin embargo, hoy es inevitable proyectar aquella imagen de reducción conceptual a la macrodimensión adquirida por una conducta de comportamiento que domina los poderes que rigen, nada menos, que los destinos del mundo.
¿Qué otra cosa es, si no, la desorbitada ambición de poder basado en la concentración de riqueza lo que el sistema capitalista ejerce -sin consideración alguna fuera de lo que signifique el interés económico- en desmedro de todo valor humano y con total desprecio por la protección del planeta? Dos consideraciones estas, fundamentales e inevitables para una relación de equilibrio en el funcionamiento socio-económico de los grupos humanos y, de ellos con el hábitat que nos es común.
La enajenada apetencia de riqueza y tras ella del poder, más la mentalidad consumista que ha impregnado a gran parte de la humanidad en beneficio de la élites que han impuesto esa tendencia, y el cálculo cortoplacista del capital que prioriza el provecho inmediato depredando desaforadamente las riquezas naturales con olvido de su responsabilidad hacia el futuro, han transformado la realidad del mundo en un escenario de riesgo que sólo puede conducir al desastre.
Hoy, el mundo se enfrenta a un panorama de profunda y compleja amenaza que recorre desde el calentamiento global y sus palpables consecuencias, hasta la posibilidad de una guerra nuclear que extermine a la humanidad. Cualquiera de esos dos factores de terror provienen de una misma fuente : la búsqueda ilimitada e infinita por satisfascer la codicia. En el camino, en el que se impone la política y los negocios que benefician a unos pocos, va quedando como contrapartida la miseria del hambre, de las inundaciones, las sequías, los deshielos y los ríos imparables de refugiados ambientales y de guerras que golpean la realidad de cada día.
La construcción social de riesgos que el sistema actual ha ido creando, no ha hecho otra cosa que incrementar la debilidad que caracteriza al ser humano frente a la naturaleza. Sin embargo, la ceguera estúpida y suicida del sistema se mantiene inmutable y es incapaz de reaccionar ante una acumulación de riesgos y vulnerabilidades que conduce, por conclusión lógica, al desastre.
Sólo la ruptura con el actual modelo económico, de producción, distribución y consumo capitalista, haría posible frenar la amenaza que se cierne sobre el planeta. No obstante la capacidad devastadora de los tentáculos del sistema que todo lo abarca y todo lo asfixia, vemos con esperanza que van abriéndose en el mundo espacios de rebeldía, de indignación y rechazo al suicidio colectivo al que nos quiere conducir. Quizás sea posible aún que la consciencia de los hombres acuda al llamado de la razón y el amor, valores que la brutalidad del capitalismo se ha encargado de neutralizar catequizando su religión del oro.
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