3 de marzo de 2012

VIDA DE PERRO


El azul intenso del cielo y los seis grados sobre cero de temperatura reinantes hoy, provocan –como siempre lo hacen estas transformaciones en el clima- un cambio en el ánimo que permite disfrutar más y mejor el bienestar que aún predomina en este país desarrollado donde vivo.

En efecto, a pesar de las imposiciones del Mercado y las políticas liberales que han ido dejando sus huellas a través de los últimos años en este territorio, Suecia goza sin embargo de privilegios injustamente inalcanzables para la mayoría de los países europeos. Cierre de fuentes de trabajo, pérdida de la calidad de servicios fundamentales ganados por las privatizaciones, etc. son algunas de las características comunes que sí, nos igualan en este mundo que ha globalizado el éxito del capital en detrimento del derecho de los pueblos a la dignidad y el bienestar. Sin embargo, muy lejos estamos aún de aquel panorama que exhiben los países que en el área del euro están padeciendo una crisis económica y social de enormes proporciones. Diferencia  lograda, entre otros múltiples factores, merced al margen alcanzado por anteriores políticas sociales y económicas impuestas por la socialdemocracia, que le otorgaron al país un nivel de vida muy alto que aún mantiene en gran medida y también por ciertos distanciamientos asumidos por Suecia  en sus relacionamientos económicos, Esto hace que la “familia Svensson” aún pueda –con altibajos- gozar de beneficios normales para esta sociedad que son metas  muy lejanas aún para otras.

Cavilaba sobre estos temas por la mañana cuando me dirigía a la Estación Central de Trenes. Allí compré luego mi billete en el dispensador automático y me ubiqué en uno de los cómodos asientos junto a una ventana. Frente a mi se sentó una pareja joven y su perro.
Un Border Collie de lustroso pelo blanco y negro que plantó su “humanidad” junto a mis piernas. Manso, amable, bien cuidado y educado, ostentaba las características propias de ese miembro ineludible de la típica “familia Svensson”, esa que construye con esmero el puzzley de la felicidad sumando a su haber la casa, el auto, el hijo/a y el perro.
El civilizado can viajero me dirigía, de cuando en cuando, una mirada que yo no supe interpretar si era de simpatía o desconfianza. Curioso, intenté averiguarlo dándole a probar un trozo del bizcocho que yo comía cuando los amos, al unísono y con horror, detuvieron mi gesto.
Con agitación, me explicaron que el hijo-perro estaba muy bien alimentado con su comida balanceada y que no podían arriesgar su salud con excesos de proteínas, glúcidos, así como  una serie interminable de elementos perjudiciales que no cesaban de enumerar mientras me dirigían miradas indignadas.
Yo, ruborizado por la gafe cometida con el pobre animalito, no sabía donde meterme. Asintiendo con la cabeza y sin hablar, desplegué el diario que llevaba conmigo y me puse a ojearlo. No di crédito a mis ojos cuando, frente a mí, un artículo sobre un tema tan lamentable como oportuno, daba cuenta de otras alternativas posibles a la de la realidad de ese perro de raza que tenía a mi lado.

Grecia, la infartada por la crisis, la cuna de la democracia, aparecía como escenario demostrativo de las diferencias. La crisis económica que agobia al país heleno  muestra hoy no sólo a una población que debe recurrir a la caridad pública para poder comer, sino el espectáculo dado por más de medio millón de perros abandonados  que vagan sin rumbo por las calles. Incapacitados de sustentarse ellos mismos, los griegos han optado por librar a su suerte a esos animales que exhiben así otra faceta de la crisis impuesta por el capitalismo criminal. Ante tal proliferación, las autoridades han comenzado a envenenarlos para disminuir la ola de esos hambrientos vagabundos.

Volví a doblar el diario y me quedé pensando en aquello mientras el amable paisaje de la campiña sueca desfilaba en la ventanilla. Observé al Colli a mi lado y absurdamente sentí como la necesidad de transmitirle aquella triste realidad de otro mundo. El, levantó en ese momento la cabeza y con una mirada casi humana pareció decirme “No es mi problema. Que paguen sus deudas.”  Luego, arrimó la cabeza junto a la mano de su ama buscando la caricia. Yo seguí mirando hacia fuera, tratando de no pensar en nada.



2 comentarios:

  1. Y peor que eso, días atrás en un reportaje de la televión, comentaban que se daba el caso de familias de sectores de la clase media que abandonan a sus pequeños hijos en las puertas de asilos, porque ya no pueden darles de comer. Me pregunto si habrá un Charles Dickens que esté dispuesto a describir estas miserias.

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  2. OBS!! Faltó mi nombre: Elena

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